sábado, 29 de agosto de 2009

ÁNGELA ASUNCIÓN

La seducción del puente radica en esa sensación levitante que genera la libertad del aire. No hay barreras. El viento es una caricia macabra que besa las mejillas, abomba un poco la blusa al meterse entre las empuñaduras de las mangas, el cuello y los espacios entre los botones. Invade. Empuja un poco venciendo la escasa resistencia de la suicida. Abajo serpentea un río contaminado y los árboles sobreviven a la polución. Los carriles de otras vías exhiben su geometría retorcida de accesos, descensos y ascensos. Una imagen intrincada de destinos y rutas. Más allá está el horizonte ensombrecido por los celajes matutinos del invierno. Un pobre sol asoma tímido, como negándose a salir, a atestiguar el acto de inmolación de una joven mujer. Detrás los vehículos pasan en estampida y la ciudad deja las sombras de la noche apagando sus luces mercuriales para dar paso a un nuevo día. El memorable día de Ángela Asunción que contestó amable el saludo de un ciclista, que pasaba junto a ella, antes de lanzarse al vacío y volar hacia el cielo.

martes, 4 de agosto de 2009

ALMA

A la pobre luz de un foco de cuarenta wattts, en esta celda, escribo y confieso mi delito. La busqué cegado por la fe y no encontré nada, sólo tripas, sangre y órganos tibios. Descendió del metro en estación Anaya y la seguí bajo las sombras mortecinas de las bodegas y fábricas de esta ciudad envejecida y herrumbrosa. Tenía cierta belleza divina, rodeada de un aura celestial que la hacía resplandecer en el invierno gris de enero.
En el portón desvencijado de un taller automotriz, me lancé sobre ella con la sagacidad de un felino atrapando a su presa. Apreté el cuello y le tapé la boca con mi mano derecha. Al cabo de un minuto sentí el peso muerto de su cuerpo. La arrastré hacia el interior y en el asiento trasero de un Falcon 69 comencé a desvestirla. Respiraba bajito, como retomando vida. Até sus extremidades y amordacé su boca, pero ella seguía acalambrada por el terror y el frío. Tenía la mirada triste y moribunda. Mi navaja trazó una línea recta desde el cuello hasta el nacimiento de su sexo. La sangre olía a fierro oxidado y brillaba sobre la blanca piel de aquella mujer en la que esperaba resolver un misterio divino. Estuve atento y no logré ver que escapara nada, sólo sangre y un hedor insoportable. Busqué. Removí sus órganos palpitantes. Sentí el último latido de su corazón y descubrí su falsedad, Padre Gómez; no es cierto lo que nos dice en el seminario. Ya basta de mentiras piadosas y de tanto sermón alucinante. Los humanos no tenemos alma, sólo sangre y un estúpido corazón que apesta.

sábado, 11 de julio de 2009

DRAGÓN DE KOMODO

Ya no me pertenece esa lata de sardinas. Ni siquiera recuerdo si era mía, la robé o un buen samaritano, que descubrió en mis ojos la hambruna empedernida, me la entregó para saciar el apetito acumulado en la romería de los apátridas urbanos. Había ahí, también, una sirena entomatada. Lo pensé dos veces antes de engullirla. El hambre es capaz de volverte criminal. Pero yo no la maté. Ya estaba allí. Entera. Pequeña. Pero entera, acomodada entre dos lánguidas sardinas plateadas. Cerré los ojos y con la punta de los dedos la alce frente a mi boca para dejarla caer en mis fauces de dragón de Komodo. No la mastiqué para evitar lastimarla. La tragué como el pecador que comulga en domingo de pascua. Solo ha quedado el olor acre en el desconsuelo de la tapa enrollada y en las comisuras de mis labios. Las moscas rondan la tristeza de un pedazo de esqueleto abandonado. Comí hasta el hartazgo y un eructo sonoro me denuncia.

Guillermo Berrones

lunes, 30 de marzo de 2009

PRESAGIO

Huele a polvo esta ausencia. El silencio es un fantasma merodeando a la escasa cordura que pende de las fotos abandonadas. Guarda la cama la silueta de tus visitas y el perfume de tu cuerpo se desvanece en un legado de flores muertas. Una inquebrantable frialdad paraliza los instantes del reloj en el paredón de la sala. Fusilo al tiempo porque a ti te duelen las épocas, los ciclos y las fechas. Una bala de luz entró por la ventana y acertó en la frente, matando la ironía del cuadro que reproduce tu retrato. La épica de tus caricias yace en los pergaminos de mi piel. Las telarañas del olvido arraigaron su nostalgia en cada rincón y flota un tufillo desolado de nostalgia. Decidiste partir porque detestas las cifras enlatadas y puede que dos años sean una exageración cuando apenas empieza a caminar el destino de tu sombra. Miento. Son dos siglos bajo las aguas saladas de mi suerte. No te has ido y ya extraño tu presencia.
Guillermo Berrones

domingo, 22 de marzo de 2009

ESTACIÓN PRIMAVERA

Amaneció el día pletórico de nubes. El silbato de un tren me ha despertado. Me arde el rostro. Deseara que fuera la vergüenza al exponer el anacronismo de mis emociones, pero es la alergia de la temporada que vence la escasa resistencia de mis defensas. Corre la primavera con su inaplazable colorido de ternura y yo estornudo. Las brujas renovaron sus bríos en un apartado lugar de la ciudad, escondidas entre las montañas serenadas de la sierra y no estuvieron a tiempo para la cena. Nacieron seis encinos en mis macetas. Brotó la primera flor del perón. Los tréboles se ven más verdes y las tortugas despertaron hambrientas. Pedro Infante ameniza, como cada domingo, el desayuno con su voz alegre. A quién le importa este despliegue de romanticismo añejo. Leo la suerte en el Magazzine y Acuario me recomienda paciencia y tolerancia. Y pienso en la magia de los sueños. En la perversión de los faunos que te asedian. En el ideograma japonés inscrito en tu vientre. En tus dientes mordisqueando el arcoíris de una tarde primaveral. En tus rodillas de cabra montez parada firmemente en la ladera azul de la pasión. Pienso en la radiografía de tus huesos como en el destino de Átropos. Y el zodiaco sugiere, irónico, cuidar tus rodillas, dientes y huesos. En este reverdecer de la naturaleza mato el tedio viendo a mi vecina barrer la calle, al perro cagar arqueado en la esquina y a una urraca volar hacia el tren que viene del mundo que habitas.
Guillermo Berrones

martes, 10 de marzo de 2009

RELIGIÓN

Puede ser que mate a Dios
después del carnaval
y haga cenizas
las columnas de su fe
desmoronada.

Puede ser que amase
el polvo de sus huesos
con el agua azufrosa
del infierno.

Puede ser que mi aliento
incube el maniqueo sincretismo
de un tercero en discordia.

Puede ser que el lastre
de una costilla descarnada
engendre el porvenir inusitado
de un ser sin semejanza
y sin imagen.

Puede ser que no me creas,
que dudes,
que sientas la sonrisa de una mentira
histórica
sembrada por la envidia.

Puede ser que el bautista
vierta en el Jordán
la virtud reveladora
de una apostasía blasfema.

Que el bronce de mi piel cubra
la enjuta voluntad
que nos doblega
hasta unirnos
en el infinito sacrilegio
del amor.
Guillermo Berrones

martes, 3 de marzo de 2009

FANTASÍA

Estoy lamiendo una lata de sardinas y el filo ha rebanado mi lengua, en ella va el sabor de la memoria. Fluye la sangre, como esta mañana el flujo de tu orgasmo humedeció la sábana de hotel donde las paredes añiles huelen a orines de incógnitos amantes. No hay recato, de este lado, el lado de la penumbra, está agazapada la fantasía, que se desdobla soberbia cuando apareces desnuda en el reino atípico de los horarios restringidos. Los espejos hacen eco de imágenes grotescas agitándose sudorosas. Hay hongos duchándose en la tina y un letrero advierte de su uso bajo riesgo. A quién le cuento que tengo lacerada mi lengua, que la lata de sardinas huele a tu vientre de gacela azul en la florida tempestad de un invierno moribundo. El desvarío bien merece un cuento corto y un final feliz y predecible.
Guillermo Berrones