sábado, 1 de febrero de 2014

LOS MURMULLOS DE LAS MONTAÑAS DE DONDE VINISTE

No sé si se nos está negado el cielo, a ti para vivirlo, a mí para buscarte en esa loca fantasía cristiana de la gloria eterna. En el cuarto aniversario de tu muerte escalé las laderas de esta montaña, siguiendo el camino de los desposeídos, de los abandonados a su suerte mísera para estar más cerca de donde, me han dicho, anidan las almas de los hombres y mujeres muertos. Hice la fatiga, cansé mis piernas y me bañó el sudor, fui dejando la polución de la ciudad a donde huí en mi adolescencia y llegué a donde los cuervos graznan recelosos. Grité tu nombre y el eco me volvió la voz en resonancia y el cielo, profundamente azul, con su luna desgajada, retando a la hostia de un sol apenas tibio, guardó silencio. En el horizonte del oriente, donde las llanuras pardas crean espejismos y tu cuerpo reposa la paz de los difuntos, divisé tu tumba abandonada. Y lloré, como lloran los huérfanos de padre, quedito y en silencio, sin más testigos que los árboles y los murmullos de las montañas de donde viniste a multiplicar tu nombre y a repetir tu sangre. Otra vez me voy sin encontrarte sin saber cuántas montañas hay que trepar para alcanzar tu cielo y verte de nuevo.

ESTATUA DE SAL

Atado a la cuerda de la esclavitud de un mal presagio, el infeliz siguió el camino de los condenados, preso de sí, del más enconado rencor a su miseria, despreciable… y despreciado, contó las últimas horas de sus días, las últimas horas de su año de gracia y escuchó risas y cantos de júbilo a sus espaldas. Eran los hombres y mujeres que poblaron su destino, eran los niños con sus risas estruendosas de cohetones en el cielo. En la víspera, durmió solo, bajo las colchas del olvido. Ahogado en la humedad, sus ojos de pescado muerto, indiferentes, derramaron sangre; y el sudor, como un mar enfebrecido, lo fue envolviendo con cristales punzantes y vivió en carne propia la suerte del bacalao. Al amanecer de un nuevo día, en el retoño de otro calendario, el infeliz apenas era un mal recuerdo de fin de año.

Mariachi

Parsimonioso, cansado, de andar rítmico, como quien baila un vals sobre las olas, al Mariachi lo vi pasar todas las mañanas frente a la escuela. Casi a las diez con diez, con la precisión de los trenes de antaño, volvía a casa, después de vagar la ciudad, después de tocar las estrellas y cantarle a la noche o a los amantes del desvelo. Los niños, juzgando su andar, dicen que volvía borracho; para mí, siempre fue un músico cansado y viejo. En su traje de charro destellaban las aplicaciones y botonaduras de falsa platería. Y en su mano izquierda, balanceándose, el estuche de un violín incógnito, callado y misterioso. Hace días que no lo veo. Extraño la encorvada figura vencida por su sombrero. Unos dicen que murió. Los niños dicen que lo atropellaron el 24 de diciembre. No sé. Pero hace falta esa estampa humana de Vallesoleado.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Perdida

No, señora, no está conmigo, está escondida en la bahía, devorada por los zancudos de septiembre resucitará al tercer día y multiplicará el vino de las botellas vacías y usted podrá mirar su renacer. Regresará cansada con los pies hinchados mitificando la peregrinación de Aztlán a Texcoco; pero volverá a sus misteriosas citas de media semana caminando con la sagacidad de Micaela deslizándose por los laderas de un torso cabalgando a pelo la pasión y bailará en calzones o desnuda como suele hacerlo cuando la invade la locura de vivir sin restricciones. Busque bien en los recovecos de su mochila escolar en los sueños dispersos de su almohada en el aroma de los restos de su café en el panfleto de la marcha de agosto busque, señora, busque en la fiebre del primer frente frío en las páginas subrayadas de sus libros en sus besos y en sus orgasmos en su risa y si la encuentra, antes que yo, no deje de avisarme.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Jacalito

Mi padre construyó el jacal con maderas tropicales de la montaña trajo la palma real de las vegas de Treto y tejió un techo de esmeralda en una tarde amarillenta de noviembre Fui de la mano de mi madre y lo vi equilibrarse sobre el caballete, bajar por el horcón de enmedio y disfrutar los dulces de ajonjolí que preparó su mujer. Después lo vi sarpear barro en las olorosas paredes de barreta y las blanqueó con aguacal era un jacal alegre mi padre cantaba mi madre trajinaba silbando y había una ventana verde hacia el oriente por donde alguna vez se asomó un cometa esplendoroso. Y entre el colorido de las cartulinas recuerdo que reía pero también lloré, muchas veces, amedrentado por el terror de las noches estrelladas.

Luna

Ese poema debí haberlo escrito yo pero se me adelantó el poeta con esa prontitud de los que anhelan alcanzar la luna ¡la puta luna! de la que todos se enamoran de su luz que no le pertenece de su frialdad tan helada como un hielo: inodora, incolora, insípida ilusión vagando entre las páginas pusilánimes de los sabihondos del amor. Tú quieres alcanzarla y ver desde allá tu tierra, tu origen, pero yo te digo que allá la soledad tiene su imperio... es la vanidad de tu nostalgia la que te arrastra a la ausencia y ese poema que ni siquiera es mío. No, no es mío ese poema he pensado escribir mis versos en tu espalda pero tampoco es nuevo impulso alguien prostituyó también ese tatuaje con la lengua como el bebedor de tinto en el ombligo; no hay novedad que te sorprenda hay vértigo de versos reciclados hay suicidas lanzándose al vacío hay beatas ganándose un cielo inexistente un paraíso desierto y percudido por los sueños de los sueños de nuestra propia muerte. Y que conste te escribo desde la otra soledad la otra ausencia la otra maldición de los poetas moribundos la de la médula que habito en el ínfimo universo de mis cavilaciones.

domingo, 26 de agosto de 2012

DESATINO

El desatino me tiene arrinconado contra las cuerdas yo que vagué en el horizonte de los sueños sostengo mi entelequia como el andante de la cuerda floja. Aterido en la esquina de las desoladas aventuras un buitre me mira náusebundo sueñoso templando su paciencia ante el inminente fin. He dejado la risa en el cesto de la ropa sucia y enterré mi testamento en la arena donde caga el gato. Sigo andando de la mano de mi sombra pero ya no me muerde el deseo ni me pica la curiosidad. El fatalismo se adueñó de estas ruinas que se desmoronan al soplo de las páginas de un calendario. Y Dios firma el acta de mi defunción con el fastidio del burócrata del cielo.